Colegio Cooperativa Espíritu Santo


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Viví mi niñez en una tierra salpicada de Atalayas; de cuando el Duero servía de frontera entre moros y cristianos, tal vez por eso se me ocurrió esa palabra para encabezar las cartas que, desde mi jubilación, han ido apareciendo en todos los números de “La pizarra”. Además, para mí, son símbolos de una de las actitudes que el ser humano debe adoptar ante el mundo circundante: Eran puntos de observación y vigilancia, de recepción y transmisión de mensajes. Por otro lado, una atalaya es un lugar apropiado para contemplar, para percibir todo tipo de ruidos, para reflexionar, para hacerte preguntas y para soñar; sobre todo para soñar.
¡ La de veces que, desde mi atalaya, sueño en ese colegio, que vi nacer y en el que he gastado años y energías! Y, de paso, cuánto he reflexionado acerca de lo que veía y oía de la enseñanza y sus problemas: Planes y más planes; lamentos y más lamentos, fracaso tras fracaso.
¿Cómo lograr que los niños y adolescentes salten a la cancha de la vida adulta pertrechados de todo aquello que necesitan para vivir con dignidad y, en lo posible, felices?
y os contaré muy brevemente un sueño muy largo que he tenido en mi atalaya
Soñé que amaneció, al fin, el día en el que la sociedad en pleno se concienció, y comenzó a actuar en consecuencia, de que los niños y los adolescentes eran lo primero, lo más valioso que tenían: más valioso que el dinero, más valioso que el trabajo, la casa, el coche, las vacaciones, los votos, los escaños, las grandes superficies, las aficiones,los caprichos, los estadios, las vaciedades de la tele, las descargas de internet...; y más valioso, por supuesto, que las actas de evaluación, las memorias de fin de curso, las programaciones de aula y los proyectos curriculares... Y los comenzaron a tener una formación científica y cultural seria, y aprendiendo a jugar, a hablar, a leer, a escribir; y a escuchar, a razonar y a relacionar; y a justipreciar la libertad y la responsabilidad; y a amar la naturaleza; y a tomar decisiones sobre el sentido de sus vidas; y a sentirse miembros de la gran familia humana, lejos de fanatismos y xenofobias.
Oigo que dices: “Eso sólo es un sueño”          D.TEO

 

 
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