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Dos meses en Centroamérica
Diario salvadoreño

Juan G. Leal | Diciembre 2001

En el número del pasado mes de junio de 2001 de La Pizarra se informaba de que uno de los profesores del centro, Juangas Leal, pasaría los dos meses de verano Centroamérica. Entonces se comprometió a narrarnos su aventura por ese país tan diferente al nuestro y ha cumplido. Este es su relato.

GLOSARIO
1. Milpas: Campos de cultivo de maíz y frijol.
2. Bichitos: niños pequeños
3. Cipotes: adolescentes
4. Pupusas: comida típica salvadoreña a base de tortitas de maíz rellenas.

Como sabéis, este verano he pasado dos meses recorriendo Centroamérica, comenzando por El Salvador. El objetivo inicial de mi estancia allí era colaborar en la construcción de un nuevo asentamiento: Tecapán, en el departamento de Usulután, para los damnificados de los terremotos que destruyeron gran parte del país en enero y marzo del año pasado. No es necesario que recuerde que los efectos de los seísmos fueron devastadores, todos nos horrorizamos gracias la tele. Pasados los meses, todavía hay miles de familias hacinadas en chabolas de lata, en casas derruidas, rodeadas de escombros.

Una ciudad de la nada
El inicio del proyecto al que pensaba incorporarme se había ido aplazando mes a mes; cuando abandoné el Salvador todavía no había recibido todos los permisos.

Este proyecto en Tecapán, coordinado por las Hermanas de la Asunción y en el que colaboran diversas organizaciones, trata de levantar 104 viendas con sus correspondientes milpas1, atendiendo especialmente las necesidades de las mujeres con hijos, a quienes se concede la propiedad de estos lotes. Por otro lado, se trata de dotar a esta nueva comunidad de espacios públicos y servicios, como escuela, centro de salud, iglesia, salón comunal, etc., y lo que es más importante, sentar las bases de una vida comunal entre los habitantes de futuro pueblo a partir de la cooperación y la solidaridad dentro del grupo campesino . Esto es algo que ha formado parte de la idiosincrasia de las gentes de Centroamérica desde tiempos prehispánicos y que en los últimos siglos ha ido perdiéndose a causa de la labor desintegradora que trajeron las influencias española primero y estadounidense después.

A lo largo de mi estancia allí pude visitar varias comunidades que, gracias a la ayuda recibida, funcionaban o comenzaban a funcionar de esta manera. Debido a que Tecapán no arrancaba, permanecí la mayor parte del tiempo trabajando en una de ellas: San José de las Flores.

San José de las Flores
Situada en el departamento de Chalatenango, se trata de un grupo de unas 1.500 personas repartidas en varios núcleos o barrios en torno a este centro urbano. En su mayoría comparten un durísimo pasado marcado por una guerra, en la que casi todos participaron de alguna manera, siempre acompañados por una pequeña comunidad de hermanas de la Asunción.

Con su ayuda, tras el proceso de paz llevaron a cabo la repoblación de la zona hace 17 años. Desde entonces vienen funcionando como comunidad autogestionada: tomando decisiones desde asambleas abiertas, organizándose en comités, coordinando su esfuerzo individual y colectivo, y canalizando las ayudas que desde otros lugares han ido recibiendo en forma de dinero, materiales o personal voluntario. El resultado de todo esto es una comunidad con un nivel de vida muy por encima de la mayoría de los pueblos campesinos, con unas señas de identidad muy fuertes, que está sirviendo de modelo a otras comunidades.

Talleres y teatro
En este entorno podéis suponer que la mayor parte del tiempo lo pasé aprendiendo y sorprendiéndome con aquellas gentes y disfrutando de su trato cordial. Allí además no sufrieron los terribles efectos de los terremotos.

Mi trabajo consistió en organizar un acto cultural con los alumnos de la escuela local de entre 5 y 17 años. Así que organizamos una serie de talleres, para diferentes edades, de teatro, baile, música y flauta para preparar las actuaciones. Así que desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde me encontraba rodeado de bichitos2 y cipotes3 de todas las edades que me pedían que les enseñase la canción de Titánic o la Bomba con la flauta, nuevos pasos de baile para sus coreografías o disfraces para el teatro. Además después de comer solía ir también a la escuela a sustituir a profesores enfermos.

Aunque el día del estreno las cosas no salieron del todo como habíamos planeado, los disfraces se rompían, las flautas desafinaban más que de costumbre, los actores olvidaban su papel o eran interrumpidos por un perro que subía al escenario, cosas del directo, todo el mundo se rió y aplaudió un montón. Entre pupusas4 y bailes me despedí de aquella gente entrañable, de las hermanas y de mis compañeros voluntarios.

Fue poco tiempo, pero mi curiosidad me pedía continuar mi viaje. De lo que vi y aprendí por tierras guatelmaltecas y mexicanas os hablaré quizás en otra ocasión.

No puedo terminar esta historia sin recordaros que, aunque los ojos del mundo están puestos hoy en las masacres que, en nombre de una aparente justicia, se están produciendo en Palestina y en Afganistán, Centroamérica está sufriendo ahora los efectos de una de las peores sequías de los últimos tiempos, una emigración masiva de sus gentes y una peligrosa influencia que viene del Norte ,que no hace sino aumentar la desigualdad, la contaminación y la miseria.

 
 
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