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Cómo motivar a nuestros hijos
Abril 2002. María Sarrió, psicóloga del centro

Con relativa frecuencia los padres de nuestros alumnos nos plantean cómo conseguir que sus hijos realicen sus tareas escolares, ya que éstos parecen no tener interés en las recompensas que sus padres les ofrecen a cambio. Algo así como "no se esfuerzan porque lo tienen ya todo".

Para obtener éxito en la escuela, como para cualquier otra faceta de nuestras vidas, necesitamos motivación. Estar motivado significa que las expectativas del joven respecto a los resultados que obtendrá estudiando deben ser tales que le produzcan el interés necesario para realizar ese trabajo.

Lo ideal sería que los alumnos encontraran la motivación básica del estudio en el propio hecho de aprender. Esto es lo que se conoce como motivación intrínseca. Ésta es una faceta que padres y profesores podemos ayudar a desarrollar mostrando a los jóvenes lo divertido e interesante que resulta leer ese libro que nos han explicado en clase de literatura, resolver el problema de física que nos han encargado como tarea para casa o aprender a leer en inglés las novelas de Sherlock Holmes. Es indudable que el estudio encierra también una buena dosis de sacrificio. Pero ningún alumno, ninguno, ha tenido éxito en la escuela sin esa motivación intrínseca, ese placer asociado al aprender. Ésta es la única motivación que funciona a largo plazo.

Si nuestro hijo no siente interés por las materias que se imparten en clase podemos usar algunas estrategias para que le vaya entrando el gusanillo de estudiar. Podemos dividirlas en dos clases: recompensas y castigos. He aquí algunos consejos:

Ambos padres deben actuar conjuntamente. Si uno de los padres es demasiado permisivo, el hijo no se esforzará porque sabe que obtendrá igualmente la recompensa. Si uno de los padres es demasiado estricto, puede llegar a desmotivar al hijo, que nunca consigue llenar sus expectativas y obtener una recompensa.

Evidentemente, cuando se promete una recompensa o se amenaza con un castigo hay que cumplir con lo que se le ha dicho al niño. Esto es fundamental.

Las recompensas no son sólo materiales. Es quizá más importante expresar verbalmente nuestra aprobación cada vez que el hijo alcance algún logro.

No se debe plantear nunca el estudio como un castigo. Esto es justamente lo contrario de lo que pretendemos. Si hay que imponer un castigo, éste consistirá en la privación de algo que interese al niño.

Por el mismo motivo hay que tratar de mostrar el estudio como algo positivo, como una recompensa en sí mismo. "Si mejoras en esa asignatura te compraremos esa colección de libros".

Los castigos no deben dilatarse mucho en el tiempo. Para que un castigo sea tal, no debe convertirse en la situación normal del niño.

Cuando se imponga un castigo hay que dialogar con el niño para dejarle muy claro qué es lo que ha hecho mal y no debe repetirlo.

 
 
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